Bajo los cultivos, carreteras y cerros de la Sabana de Bogotá, una lectura detallada del subsuelo ha revelado un hallazgo con potencial transformador: reservas de agua situadas a más de 1 000 metros de profundidad, concentradas en el Grupo Guadalupe, una “esponja natural” geológica que podría jugar un papel clave ante la creciente escasez hídrica que afecta municipios como Funza, Mosquera y Tenjo.
La Sabana de Bogotá, corazón agrícola e industrial del altiplano cundiboyacense, enfrenta una crisis silenciosa: los acuíferos someros —aquellos ubicados a menos de 200 m de profundidad— están mostrando signos de agotamiento debido al uso intensivo para riego, consumo humano e industria. A esto se suma la expansión urbana descontrolada, que cubre con concreto las zonas antes utilizadas para que el agua pluvial se infiltrara y recargara las napas profundas, reduciendo la capacidad natural del territorio para reponer sus reservas subterráneas.
Pero más allá de esas capas superficiales agotadas, el subsuelo alberga una promesa: el Grupo Guadalupe, una formación de areniscas permeables intercaladas con lutitas que actúan como depósito natural de agua, recargado lentamente desde los cerros orientales, occidentales y otras zonas de afloramiento. Su denominación proviene del cerro de Guadalupe en Bogotá, donde su estructura ha sido identificada como parte del sustrato geológico.
La investigadora Paola Andrea Atapuma Acevedo, magíster en Geofísica por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), lideró un estudio que combinó registros antiguos de gravimetría y sísmica con nuevas mediciones mediante métodos como magnetotelúrica y sondeos eléctricos verticales. Este enfoque multidisciplinario permitió “ver” el subsuelo sin necesidad de perforaciones masivas, identificando zonas de alta porosidad —candidatas a albergar agua— a más de 1.000 m de profundidad.
Adicionalmente, el proyecto recolectó muestras de roca con apoyo de una empresa florícola, para realizar análisis petrofísicos (medición de susceptibilidad magnética, radiación gamma y conductividad) que confirmaron la composición arenosa del Grupo Guadalupe y su capacidad para almacenar agua. También se evaluaron datos térmicos de pozos preexistentes, con miras a un potencial uso energético geotérmico de baja entalpía.
Entérese: En Cogua frenan cultivo con químicos que afectaba agua del Páramo de Guerrero
El modelo tridimensional resultante señaló tres zonas de especial interés:
- En Funza–Subachoque, se identificaron señales de agua entre los 1.100 y 1.500 m de profundidad.
- En El Rosal, las capas acuíferas aparecen más accesibles, alrededor de los 600 m.
- En Mosquera, dentro de la Granja Experimental Marengo de la UNAL, el Grupo Guadalupe parece tener continuidad de más de 900 m de espesor, ideal para probar el doble uso del pozo (agua + energía).
Un pozo ya perforado en Tenjo, originalmente usado por la industria petrolera y reacondicionado por la alcaldía, confirmó la presencia de agua del Grupo Guadalupe, lo que refuerza la certeza de que este reservorio profundo es real y activo.
Sin embargo, Atapuma advierte que el agua de esas profundidades tiene características particulares: tras siglos en contacto con las rocas, disuelve minerales, adquiere temperatura constante y puede contener sales. “Antes de usarla para consumo humano, debe pasar por tratamientos que eliminen sales excesivas”, explica. Pero su pureza biológica y menor exposición a contaminantes la hacen una opción prometedora para usos agrícolas o industriales.
Además, el estudio sugiere que si los más de 2.000 pozos registrados por la Corporación Autónoma Regional (CAR) se equiparan con bombas de calor, se podría aprovechar energía limpia en áreas como Funza o zonas industriales. En países como España o Alemania ya se emplea la geotermia de baja entalpía para calefacción o refrigeración; Colombia podría adaptarla para invernaderos o laboratorios.
El trabajo de campo fue riguroso: días de levantamiento de datos en distintos puntos de la Sabana con el apoyo de estudiantes, docentes y entidades que facilitaron equipos. El profesor Orlando Hernández Pardo, del Departamento de Geociencias de la UNAL, orientó la integración de métodos geofísicos en el modelo tridimensional que permitió identificar zonas con mayor potencial hídrico y térmico.
Hoy, la Sabana de Bogotá no solo enfrenta la escasez de agua superficial sino que abre una ventana hacia su subsuelo profundo: una oportunidad para planificar y gestionar recursos hídricos de largo plazo, siempre con vigilancia, orden y responsabilidad ambiental.
















