No todo lo que se quema se pierde. En los campos colombianos, toneladas de residuos agrícolas se acumulan cada año sin un destino claro. Lo que hoy parece desperdicio podría convertirse en una fuente estratégica de energía para el país.
Un reciente estudio de la Universidad Nacional de Colombia plantea una posibilidad concreta: aprovechar materiales como la cascarilla de arroz y el cuesco de palma para generar electricidad de forma más eficiente. El hallazgo no solo tiene implicaciones técnicas, sino también sociales, especialmente para regiones donde el acceso a la energía sigue siendo limitado.
Cómo convertir residuos en electricidad
Aunque el concepto puede parecer complejo, el principio es similar a una acción cotidiana: cocinar. En lugar de una olla doméstica, el proceso ocurre en enormes reactores industriales que funcionan como calderas de alta tecnología.
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En estos sistemas, conocidos como lechos fluidizados, se introduce arena caliente que se mantiene en constante movimiento mediante corrientes de aire. Al alcanzar temperaturas cercanas a los 900 °C, los residuos agrícolas se queman rápidamente, generando energía térmica suficiente para producir vapor de agua a alta presión. Este vapor mueve turbinas conectadas a generadores eléctricos, replicando el funcionamiento de muchas plantas energéticas tradicionales.
Sin embargo, existe un obstáculo técnico clave: las cenizas.
El problema invisible que frena la biomasa
Durante la combustión, los minerales presentes en los residuos —como calcio, potasio y silicio— reaccionan formando estructuras sólidas conocidas como aglomerados. Estas pequeñas “piedras” pueden crecer dentro del sistema hasta bloquear el movimiento de la arena, afectando la eficiencia del proceso o incluso deteniendo la operación.
Este fenómeno fue estudiado por el investigador Sebastián Achury Ortiz, magíster en Ingeniería Mecánica, quien desarrolló un reactor experimental a escala de laboratorio capaz de simular condiciones reales de operación.
Durante ocho horas continuas, el sistema procesó distintos residuos agrícolas comunes en Colombia: cascarilla de arroz, cascarilla de café y cuesco de palma. Los resultados fueron contundentes.
Arroz y palma, más eficientes que el café
El experimento reveló diferencias significativas en el comportamiento de las cenizas. Cuando se utilizó cascarilla de café, se formaron aglomerados de hasta 6 centímetros, lo que representa un problema grave para la operación industrial.
En contraste, al emplear cascarilla de arroz y residuos de palma, los depósitos no superaron los 2 milímetros, lo que facilita el funcionamiento continuo del sistema.
La explicación está en la química. Mientras el café contiene mayores concentraciones de potasio y calcio —que favorecen la adhesión—, el arroz y la palma tienen un mayor contenido de silicio, lo que reduce la formación de estos bloques sólidos.
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Un potencial energético desaprovechado
Colombia produce millones de toneladas de residuos agrícolas cada año. Solo el sector arrocero genera más de 6 millones de toneladas de cascarilla, mientras que la agroindustria de la palma produce entre 200.000 y 300.000 toneladas de cuesco, según la Fedepalma.
Gran parte de estos materiales se desperdicia o se utiliza de manera poco eficiente, a pesar de su potencial energético.
Este escenario contrasta con la realidad de millones de personas que aún carecen de acceso a electricidad. En Colombia, cerca de 9,6 millones de habitantes enfrentan condiciones de pobreza energética, especialmente en regiones apartadas como Vichada, Vaupés, Guainía y La Guajira.
Una alternativa para zonas rurales sin energía
El aprovechamiento de biomasa podría convertirse en una solución viable para estas comunidades. A diferencia de otras fuentes de energía, los residuos agrícolas están disponibles localmente, lo que reduce costos de transporte y dependencia de combustibles fósiles.
Experiencias internacionales en países como Suecia, Japón y Austria demuestran que esta tecnología es viable, especialmente cuando se adapta a las características específicas de los residuos disponibles.
No obstante, en Colombia aún no existen plantas diseñadas específicamente para este tipo de biomasa. Las termoeléctricas actuales operan principalmente con carbón, un combustible más estable, pero menos sostenible.
El reto: inversión y adaptación tecnológica
El camino hacia la implementación de esta tecnología no está exento de desafíos. La variabilidad química de los residuos agrícolas exige sistemas más sofisticados y personal capacitado para su operación.
Además, se requiere inversión en infraestructura y desarrollo tecnológico que permita adaptar los reactores a las condiciones locales.
Aun así, el estudio de la Universidad Nacional representa un primer paso clave. Más que una solución inmediata, abre la puerta a una transición energética que podría aprovechar lo que hoy se considera desecho.













