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Charlas, confesiones, videos, fotos y encuentros. Todo eso y más ocurre en la web. Esa maraña de existencia virtual se asemeja tanto al mundo real que, de a ratos, las diferencias se vuelven casi imperceptibles. Y los límites entre lo público y lo privado se vuelven difusos


Las 4 principales amenazas del mundo cibernético

De acuerdo con un estudio de la especialista en medios y comunicación y docente de la Universidad de Londres, Sonia Livingston, los riesgos pueden clasificarse del siguiente modo:
 
1. Comerciales: la exposición a spam, phishing o suplantación de identidad, que implica la capacidad de adquirir información confidencial de forma fraudulenta.
 
2. De agresión o violencia: intimidación o presentación de materiales violentos.
 
3. Sexualmente perjudiciales: exposición a imágenes de violencia, abuso sexual o pornografía y grooming, que son las acciones que lleva adelante un adulto para ganarse la confianza de un niño o niña con el fin de cometer un abuso sexual
 
4. En torno a los valores: promoción y exaltación de discursos racistas y odio así como incentivación a autolesionarse.
 
¿Cómo prevenir?
 
"Es fundamental dialogar sobre el uso de la web y las redes sociales. Hay que explicarles a los jóvenes que no deben dar a conocer información personal y familiar, como datos personales (DNI, domicilio, etc). Se los puede ayudar a armar la lista de contactos y la configuración de seguridad, de manera de determinar quién podrá ver la información que se sube a la red social", le explicó Mónica Cruppi, psicóloga, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y especializada en niñez y adolescencia.
 
Otro factor fundamental es que tomen conciencia de la diferencia entre lo público y privado, así como del alcance que tiene cualquier material que se difunde en la web.
 
"La intimidad es de uno y uno tiene que preservarse. Esto se debe transmitir desde los primeros años de vida, y no recién en la adolescencia. Además, hay que remarcar que cuando se sube algo a una red, uno ya deja de ser dueño de eso, ya no le pertenece porque es un instrumento que no tiene finitud y las cosas pueden llegar a cualquier lado", remarcó la psicóloga y pedagoga, experta en crianza, Alejandra Libenson.

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