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Lo dicen como un chiste, pero cada nueva misión a Marte es un sufrimiento para sus operadores, del país que sean, porque podría haber una nueva travesura del monstruo galáctico


Así lo llamaron tras un inconveniente de la misión Mars Pathfinder de la Nasa, que al fin fue un éxito. Una de los pocas, porque de 54 misiones enviadas o intentadas, menos de la mitad fue exitosa. La última, la sonda Schiaparelli se estrelló contra la superficie el mes pasado. Muchas fracasaron desde el sitio de lanzamiento.

Rusia, Estados Unidos, Japón, Europa... muchos países y regiones han visto fracasar los intentos de llegar a Marte en al menos 33 ocasiones.

Algunos llegan a especular incluso, más a manera de broma que con seriedad, que en Marte pareciera existir un triángulo de las Bermudas.

Es que hasta la mala suerte ha jugado contra la exploración del solitario planeta. La soviética Mars 2, tras separarse del orbitador, fue la primera en tocar suelo marciano, pero de manera poco ortodoxa, estrellándose contra él y creando el primer cráter humano en Marte.

Su compañera Mars 3 tuvo mejor suerte en el descenso pero solo pudo transmitir unos 20 segundos porque quedó envuelta en una impresionante tormenta de polvo que la apagó para siempre.

Y mientras la nodriza Mars Express alcanzó la órbita y aún sigue transmitiendo desde allí, lanzó a la superficie la sonda Beagle 2. El descenso se cumplió como estaba previsto, pero nunca se comunicó.

Ejemplos para mostrar lo difícil que es siquiera insertarse en órbita. Varias naves han seguido de largo, errado la órbita o dejaron de hablar durante el viaje. Y hasta de una, Mars 7 Lander, se dice que anda girando pero alrededor del Sol.

Tampoco dos que lo intentaron alcanzaron su meta: Fobos, una de las dos lunas.

Fallas en los equipos, errores humanos, imprevistos, falta de experiencia en un momento dado. Todo ha coincidido para que Marte, el objetivo número uno de la carrera espacial terrestre hoy, sea aún un territorio que genera inquietudes cuando de visitarlo se trata, no solo para los Rusos, sino para la Nasa, que en los años 90 vio fracasar 4 de las 6 misiones enviadas.

Pablo Cuartas, profesor de Astronomía en la Universidad de Antioquia, afirma que no es una tarea sencilla. “En realidad aterrizar en cualquier lugar con una sonda robótica es ¡muy difícil! No es sólo en Marte”.

Aunque la física sea relativamente simple, comenta, pues se trata de frenar y llegar al punto indicado, “la ingeniería que se requiere es muy compleja y siempre hay márgenes de error. Los sistemas de navegación, los sistemas mecatrónicos, los códigos numéricos que se requieren, etc, son extremadamente demandantes en el sentido de la casi “perfección”. Cualquier pequeño error en una orden al sistema desencadena una multiplicación de los errores que termina afectando cualquier proceso de aterrizaje”

Y no es exageración. El Mars Climate Orbiter de la Nasa se consumió al ingresar a la atmósfera en 1999 por una mezcla errónea de parámetros por parte de los ingenieros: uno de los subcontratistas, Lockheed Martin usó unidades imperiales en vez de las métricas especificadas por la Nasa. Eso hizo que la nave fuera 100 kilómetros más baja en la órbita y se incendiara.

“Igual sucede con los mecanismos de aterrizaje, tienen que funcionar a la perfección y atravesar una atmósfera, que aunque sea cien veces más delgada que la de la Tierra, conlleva riesgos, pues la fricción dentro de un fluido es un fenómeno caótico. El ingreso a una atmósfera sigue siendo una de las etapas más peligrosas de las misiones espaciales”, explica el investigador.

No es que Marte sea especial, agrega, es que enviamos más naves que a cualquier otro lugar del Sistema Solar. De hecho, posiblemente en comparación, sea más sencillo aterrizar allí que otros lugares como Venus o Titán, pero siempre habrá un riesgo.

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