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Algunas de estas minicriaturas se parecen más a figuras animadas, que a humanoides cuya inteligencia se encuentra alojada en una nube informática o en el cerebro humano


“Lin-Chan (nombre de un robot-asistente, de Sharp) es capaz de encender el aire acondicionado si se le dice que hace demasiado calor o decirnos palabras tranquilizadoras si le comentamos que estamos cansados”, explica Masaki Takeuchi, uno de sus inventores. Lin-Chan se acuerda además del nombre de cada uno de sus interlocutores.

Pero en realidad, “todo reposa en los servicios contenidos en los servidores externos (‘cloud computing’) que tienen funciones de inteligencia artificial”, explica el ingeniero.
 
Mini Kirobo tampoco es inteligente, reconoce Toyota, que lo fabricó inspirándose en Kirobo, el robot que fue enviado al espacio. Su descendiente es capaz de conversar con su amo o aportarle informaciones, porque está dotado de funciones de telecomunicación con un servidor que concentra todos los datos y algoritmos para analizar y poder responder.

El distintivo AI (inteligencia artificial, por sus siglas en inglés) figura a menudo en los aparatos para destacar la capacidad intelectual de los objetos, que podrían superar a los humanos.

Esto solo es posible en determinados casos –ajedrez con el cálculo anticipado de todas las jugadas posibles, clasificación de cajas de medicamentos por un robot industrial–, pero la capacidad de evaluar cada situación en función de una cantidad inconmensurable de parámetros, como lo hace el cerebro humano, sigue siendo un objetivo muy lejano, considera el diseñador de robots Katsumori Sakakibara.

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