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Son unos gusanos húmedos, pegajosos y chupasangre que a lo largo de la historia de la humanidad han sido temidos, odiados y amados por nosotros


Aunque nos quisiéramos deshacer de ellas, hay un problema: no importa cuánto hemos avanzado tecnológicamente, no hay nada que las reemplace.

Las sanguijuelas son hermafroditas con 32 cerebros, nueve pares de testículos y una mandíbula con tres hileras de 100 dientes cada una. Pero estas repulsivas criaturas han sido y son esenciales para la medicina.

En el laboratorio BioPharm de Gales, Reino Unido, las crían de a decenas de miles para hospitales de todas partes del mundo.

Allí, las dejan sin comer durante seis a nueve meses para que, cuando les toque trabajar (o quizás es más correcto decir succionar) en un paciente, no lo piensen dos veces.

Este gusano resbaladizo es una herramienta fundamental para la cirugía reconstructiva del siglo XXI.

"Uno de los aspectos interesantes sobre las sanguijuelas es que aparecen de forma consistente a lo largo de la historia de la humanidad y en todas las culturas humanas".

Los babilonios se referían a ellas como las hijas de la diosa de la medicina; aunque también eran considerados peligrosas criaturas capaces de dejar seco a cualquiera.

En esta cultura ancestral, las sanguijuelas representaban tanto una amenaza para la salud como una herramienta para curar. Y esta visión es bastante consistente a lo largo del tiempo, puesto que estas criaturas han sido usadas desde los egipcios, griegos y romanos, en China, India y Europa Occidental, hasta nuestros tiempos.

Hubo un tiempo en que las sanguijuelas eran muy caras, pues eran la respuesta para cualquier malestar. Los médicos creían en la teoría de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y negra.

La hipótesis era que al drenar parte de la sangre de alguna manera se podía restaurar el balance del cuerpo y curar virtualmente cualquier enfermedad.

"En el siglo XIX su popularidad alcanzó su mayor apogeo", cuenta Christopher Frayling, profesor emérito de historia cultural del Royal College of Art de Londres.

"Entre 1825 y 1850 las sanguijuelas se usaban para absolutamente todo. En ese entonces podías ir a una farmacia local y alquilar una sanguijuela -algo que hoy en día nos parece una idea completamente asquerosa", agrega.

"Ahora sabemos que sólo se puede usar en un paciente y después hay que destruirlas, porque de lo contrario sería como utilizar una jeringuilla sucia", dice por su parte Bethany Sawyer, gerente general de laboratorios Biopharm.

Pero entonces no era un concepto que se tuviera, y las personas acudían a las farmacias, pagaban una gran cantidad de dinero y se llevaban uno de estos animalitos para usarlo en la comodidad del hogar.

La sanguijuela debía ser colocada con mucho cuidado; y si las ponías cerca de algún orificio -como la nariz o los oídos- podía meterse dentro del cuerpo y causar problemas.

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