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Los manifestantes iraquíes que protestan contra unos políticos 'podridos' y un Estado incapaz de crear empleo para los jóvenes, se alzan contra la manipulación política, en un país desgastado por la corrupción y el clientelismo


Por primera vez, afirman los manifestantes, las marchas de la capital y de varias ciudades del sur del país no fueron convocadas por el líder Moqtada Sadr o el ayatolá Alí Sistani, dos figuras chiitas ineludibles de la escena política del país.

El desempleo afecta a uno de cada cuatro jóvenes, mientras que el sector público, que en tiempos de Sadam Husein daba trabajo a todos los titulados universitarios, está sobrecargado y no puede contratar a más gente.

Salieron masivamente a las calles, y seguidos por los ciudadanos descontentos con la gestión de Adel Abdel Mahdi, que lleva casi un año en el cargo de primer ministro.

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En las calles se mezclan personas con objetivos diversos, pero que comparten la insatisfacción y su enfado hacia la clase política. Hay quien quiere poner fin a la corrupción, que dilapidó más de 410.000 millones de euros del Estado en 16 años; quien reclama mejores servicios públicos para acabar con décadas de escasez de electricidad y agua potable, y quien apoya a un general que fue apartado hace poco.

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