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"Vendo riñón por motivos económicos" u "oferto todos mis órganos porque no quiero vivir más", son algunos de los habituales mensajes que pueden encontrarse en Internet. La búsqueda no tiene que ser extenuante; basta con abrir notas de diversos medios sobre el comercio de órganos, leer los comentarios de los lectores y toparse con miles de personas urgidas en la desesperación y dispuestas a ofrecer partes de su cuerpo como mercancías


Para intentar comprender este misterioso mecanismo, me hice pasar por comprador y vendedor de órganos. Así me topé con Evert C., un peruano de 38 años que vive en Cuzco y quiso darme su riñón a cambio de dinero, para ayudar a su hermano. Al no tener parámetros para comparar valores, mi oferta inicial fue de 5.000 dólares, pero a pesar de su necesidad, aquella propuesta le pareció irrisoria. Su postura fue tajante; se plantó en 20.000 dólares y argumentó ese valor enviándome fotos por Whatsapp que evidencian su buen estado físico y videos suyos jugando al básquetbol. La conversación se tornó conmovedora, aunque para no generar falsas expectativas le dije que no contaba con ese dinero. Se ofendió y me bloqueó, nunca más hablaría con él.

Además de comentarios en textos periodísticos, también pueden encontrarse ofertas en Facebook y hasta en populares sitios de compra y venta de artículos, como Mercado Libre. "A la venta mi riñón", así tituló Cristian su publicación en esta plataforma que, tal vez sin saberlo, ocupa el rol de intermediario. Curiosamente, la foto de un perro acompaña esta frase; su autor no pretende pecar de alevosía.

También figuraba un número telefónico. Al contactarme con este usuario de la ciudad de Cochabamba, Bolivia, confirma la intención de vender su órgano en 15.000 dólares. A su vez, para hacer más atractivo el combo, asegura que cuenta con un tío que es médico y podría realizar la operación. La transacción se trunca cuando revelo que soy periodista y quiero conocer más sobre este extraño mundo donde el capitalismo y la salud vuelven a chocar.

Banco de cerebros humanos en el distrito del Bronx, Nueva York, EE. UU.. / Carlo Allegri / ReutersCuando todo es vendible

Como en estos casos, hablé con decenas de posibles vendedores de distintas partes de la región, principalmente Argentina, Perú, Bolivia y Venezuela. ¿Se trata de vendedores reales o son simples personas inmersas en la pobreza, que se dejaron llevar por un impulso? Una cosa es segura: si alguien vende un órgano, otro lo debería comprar para concluir este círculo. Decidí cambiar de rol: ahora soy yo quien ofrece el riñón para dar con un posible comprador.

Así, me pongo en contacto con un supuesto médico nefrólogo, quien dice llamarse Pele Rodríguez y habla en inglés; nos entendemos bien. Me pregunta si estoy seguro de esta operación y solicita que llene un formulario básico con algunos datos personales, como mi nombre completo, edad y grupo sanguíneo. También debo aclarar si fumo o tengo algún vicio. Le sigo el juego, pero doy un nombre falso. No creo ser el único. Cuando me pide una foto del pasaporte, me hago el desentendido; podría ubicarme fácilmente.

Rodríguez —o cómo se llame— comenta que trabaja en la red 'Apollo Hospitals', de la India, que cuenta con establecimientos en 25 ciudades. Sin embargo, la operación tendría lugar en México. Precisamente, la clínica elegida está en Ciudad Juárez y pertenece a la red de Hospitales Star Médica. Pele dice que puede ofrecer 300.000 dólares por la transacción y que los gastos del viaje corren por su cuenta. La estadía en territorio mexicano sería de dos semanas. A su vez, informa que la mitad del dinero se entregaría antes de la cirugía y el resto después de la intervención. Todo es muy tentador para alguien que esté con urgencias económicas.

Así las cosas, este aparente doctor envía a mi teléfono una imagen de su credencial de profesional, pero se lee que trabaja en Nigeria. Le solicito realizar una video llamada, a lo cual se niega. Entonces le advierto que me contactaré con los centros médicos para chequear esta información, y se altera notablemente. Dice que en muchos años de trayectoria nunca le pasó algo así. Al comunicarme con los mencionados hospitales privados de la India, en su sistema no encuentran el nombre de Pele Rodríguez. Lo mismo sucede en México.

Mark Henry es otro de los supuestos médicos interesados en adquirir mi riñón. Su oferta es mucho más tentadora: 800.000 dólares. Me envía una foto, donde se ve a un doctor o enfermero canoso, con su típica vestimenta hospitalaria color azul. Posee una sonrisa espeluznante y muestra los brazos abiertos, como si estuviera a punto de recibir mis órganos. Cuenta que trabaja en el 'University of Benin Teaching Hospital' (UBTH), de Nigeria, pero es blanco y dice ser estadounidense.

Las conversaciones duran más de dos semanas y el procedimiento es similar al anterior. Me envía un formulario informal y pide una foto de mi documentación. Vuelvo a negarme, excuso que no puedo darle mi nombre original porque en Argentina (mi país) esta clase de operaciones es ilegal. Mark lo entiende, pero solicita tranquilidad y asegura que su equipo vendría directamente a Sudamérica a realizar el trabajo. No parecen importarle demasiado los obstáculos legales.

Responsabilidad social empresarial

Todo marcha según lo planeado, entonces recibo las bases y condiciones para comenzar el proceso. En un apartado se destaca que debo enviarles 110 dólares para comenzar el registro dentro de la Fundación Nacional del Riñón (NKF, por sus siglas en inglés), una institución de EE.UU. donde fomentan la donación y no sólo entre familiares: también pueden ser amigos o compañeros de trabajo del receptor, entre otras relaciones incomprobables para con el donante.

En Argentina, por ejemplo, sólo se permite la donación en vida para trasplantes entre parientes consanguíneos o por adopción hasta 4º grado, cónyuges y Keith Bedford / Reutersconcubinos. Aquella institución norteamericana sostiene que la clínica a cargo del trasplante debe realizarle una consulta financiera a quien otorgue su órgano, además de una evaluación psicológica y exámenes físicos. Hasta el momento, NKF no respondió sobre si tiene conocimiento del doctor Mark Henry, un nombre tan genérico y común que sería difícil de rastrear.

Sin rodeos, Henry pide que el giro del dinero se realice por Western Union, cuyo receptor sería un tal Peter Ebhuomwan. El único perfil de Facebook parecido lleva el nombre de Peter Evbuomwan, un supuesto hombre negro, también de la Ciudad de Benín, Nigeria, con tan solo 67 amigos; una cuenta, a todas luces, falsa.

Si bien es de público conocimiento que estas empresas intermediarias presentan menos barreras que los bancos tradicionales para realizar transacciones ilegales, ¿por qué esta clase de mafias elige esa forma de operar? Cuando parece que en este juego de identidades irreales todo comienza a complicarse, Ricardo Centurión Luchi, quien trabajó dos años en la compañía financiera, aclara el panorama: "No pasan por ninguna regulación".

Luchi trabajaba en Argentina, y aunque suene raro que argentinos precisen girar dinero a Nigeria, algunas veces se topaba con esta clase de escenas: "Imaginate que en Nigeria el 90 % de la gente no tiene documentos. Entonces allá, para retirar la plata, sólo te piden el número de operación y los datos de quien envía, no del que recibe".

En varios de los países donde opera Western Union es común que a la hora de retirar el efectivo, su destinatario deba mostrar al menos su documento de identidad. Sin embargo, ese requisito puede variar según cada nación, ya que lo primordial es que la compañía multinacional cumpla con su promesa de hacer llegar la plata a otros destinos en concepto de ayuda familiar, tan requerida en muchas naciones.

A pesar de que en algunas economías 110 dólares parezca una cifra insignificante, en Nigeria "puede servir para mantener una familia por varios meses", considera el entrevistado. Ello, multiplicado por la cantidad de personas que accedieron a realizar esta clase de transacciones desde distintas partes del mundo, es algo difícil de cuantificar. En otras palabras: un negocio rentable donde no hay inversión y todo es ganancia.

Por último, Ricardo detalla la clave de este embrollo: "No hay garantías de nada, vos enviás el dinero y listo. Desde acá se puede saber si la plata fue retirada, pero nada más. No hay políticas de reembolso ni nada parecido, porque es para 'ayuda familiar'". Para resumir: empresas como Western Union y Mercado Libre sirven de intermediarios para la compra y venta de órganos, o al menos para estafar a unos cuántos desesperados, pero sin asumir responsabilidades.

Así las cosas, al llamar al hospital nigeriano donde supuestamente trabaja Mark, me hacen una pregunta que me deja atónito: "¿Usted quiere comprar o vender su riñón?". Respondo que sí, quiero vender, pero, ¿cómo lo supo? Este hombre comenta en inglés que en el establecimiento no realizan esas acciones, que ya le han consultado varias veces por un tal Mark Henry, pero que no trabaja allí. "Nos causó muchos problemas, lo está buscando la Policía", revela. Por motivos de seguridad, mis superiores optaron por dejar de tratar con estas fuentes delictivas. De todas formas, el círculo empieza a cobrar sentido.  

Mientras tanto, los factibles vendedores siguen apareciendo. José Córdoba tiene 30 años, es albañil y vive en San Miguel de Tucumán, al norte de Argentina. Tiene una esposa, dos hijos y está por ser abuelo, pero no la está pasando nada bien: "La guita no alcanza para nada, me pagan poco y tengo deudas sin saldar", resume. El contexto actual de aquel país sudamericano tampoco ayuda: según cuenta, "la clase media y baja está mucho peor que el resto", pero él desea "estar más tranquilo en la vida".Córdoba es de esos trabajadores que corren el dinero siempre desde atrás, pero ya se cansó. Quiere revertir la ecuación: "Un doctor de Turquía me ofreció 400.000 dólares por mi riñón", se ilusiona, y el circuito vuelve a comenzar. "¿Es ilegal? ¿Sería enriquecimiento ilícito?", pregunta, con cierto grado de inocencia. Asimismo, el obrero sostiene que "si hacés tu vida sana, podés vivir sin un riñón"; está convencido de que aquel dinero le solucionaría sus problemas. "Me considero una persona muy inteligente", finaliza la charla. No hay intenciones de repreguntar.