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¿Puede el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, como él mismo afirma, “solucionar el problema” de Afganistán?  Los analistas tienen sus dudas y señalan que la estrategia del presidente apunta más bien a una guerra sin fin para los afganos 


Afganistán, ya debilitado por décadas de conflictos, una corrupción endémica e instituciones débiles, se arriesga a sumirse un poco más en la violencia frente a los adversarios talibanes, advierten.

Eso, sin tener en cuenta la posibilidad de que la presencia estadounidense se prolongue ‘sine die’, ya que Trump ha sido huraño al hablar de cifras, de fechas o de la definición de la palabra “victoria” que tantas veces ha empleado.

“La estrategia consiste en adaptar los medios a los objetivos. Creo que se ha hablado mucho de los objetivos, pero no de los medios”, considera James Der Derian, del Centro de Estudios de Seguridad Internacional de la Universidad de Sídney. En su opinión, “con la aplicación de esta política, va a haber muchas más víctimas civiles”. 

Retractándose de su promesa de campaña de salir de Afganistán, Trump, empezando esta semana, abrió la vía al envío de miles de soldados suplementarios –hasta 3.900, según el Pentágono–, al tiempo que acentuó la presión sobre Pakistán, al que acusa de ser una guarida de “terroristas”. 

Pero, dos días después, el gobierno paquistaní rechazó las acusaciones de Trump y pospuso una visita oficial de su ministro de Exteriores, Khawaja Asif, a Washington porque no “reconoce sus esfuerzos” y, en lugar de ello, viajará antes a las “amistosas” China y Rusia.

“Ningún país en el mundo ha sufrido más que Pakistán el azote del terrorismo, a menudo proveniente más allá de nuestras fronteras. Por ello es decepcionante que la declaración estadounidense ignore los enormes sacrificios de la nación paquistaní”, explicó en un comunicado el ministerio de Relaciones Exteriores.

Dieciséis años después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, que llevaron a EE. UU. a lanzar una gran ofensiva para desbancar al régimen talibán en Kabul, la frágil democracia afgana está amenazada por una insurgencia desestabilizadora.

“El gobierno afgano está dividido y débil, todavía se necesitan varios años de ayuda de EE. UU. y sus aliados para que sus fuerzas de seguridad sean totalmente eficaces”, resumió Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés). 

En la actualidad, hay unos 8.400 soldados estadounidenses en Afganistán, en el seno de una fuerza internacional de 13.500 efectivos que en lo fundamental aconseja a las fuerzas afganas, que cuentan por su parte con 190.000 hombres.

Una salida precipitada de Afganistán dejaría un vacío que beneficiaría a los “terroristas” del Al Qaeda o del grupo Estado Islámico (EI), justificó el mandatario estadounidense. Pero, los analistas destacan que una diferencia de unos miles de soldados puede complicar la posición estadounidense.

“A menos que se quiera desplegar 300.000 soldados, no se puede llenar ese vacío. Es la dura realidad de Afganistán, de Irak, de las insurrecciones en general”, subraya el profesor Der Derian. “Los talibanes han sobrevivido a cosas peores” que un refuerzo de unos 4.000 soldados, subraya. 

Los insurgentes se apoyan en los importantes ingresos procedentes del opio, mientras que otros grupos rebeldes siguen ampliando su esfera de influencia. El pasado febrero, apenas el 60 por ciento de los 407 distritos afganos estaban controlados por el gobierno, según Sigar, un organismo norteamericano encargado de controlar la acción de EE. UU. en Afganistán. 

Los analistas se preguntan también sobre los criterios de Trump, quien advirtió que su estrategia estaría guiada por “las condiciones sobre el terreno y no por calendarios arbitrarios”. “EE. UU. no ha definido esas condiciones”, señala Javid Ahmad, investigador para el sur de Asia en el Atlantic Council y en la academia militar de West Point.

Aumento de la violencia

Los expertos temen que al final, el método Trump conduzca a un aumento del caos en Afganistán en perjuicio de los civiles, ya muy afectados. 

El número de civiles muertos alcanzó un máximo desde el inicio de las estadísticas, en 2009. En el primer semestre de 2007 perdieron la vida 1.662 personas y más de 3.500 resultaron heridas, según la ONU. Además, más de 2.500 militares y policías afganos han muerto este año en enfrentamientos. 

“Puede que los talibanes, sobre todo los más extremistas, reaccionen con ataques mortales en Kabul o Kandahar para lanzar el mensaje ‘pueden enviar más tropas, pero nosotros tenemos influencia en este momento’ ”, apunta Garth Pratten, profesor de la Universidad Nacional de Australia. 

Los propios talibanes reaccionaron con rapidez al anuncio estadounidense y les prometieron un “nuevo cementerio” si se empeñan en seguir en el país. Pero, además de las amenazas de talibanes, no se hicieron esperar las críticas de Rusia a esta nueva estrategia estadounidense, a lo que el gobierno de Trump le restó validez, al negar que esté basada solo en la fuerza militar (como había afirmado Moscú), además de sugerir que el gobierno ruso se está aproximando a los talibanes debido a su preocupación por el EI. 

“La reacción rusa es bastante predecible; llevan tiempo esparciendo propaganda muy contraproducente sobre el papel de Estados Unidos en Afganistán”, dijo una alta funcionaria de la Casa Blanca que prefirió el anonimato. “Los rusos han adoptado un papel muy táctico y están tratando de minar nuestra reputación en la región”, opinó la fuente.

La estrategia estadounidense apunta a una mayor presión militar para convencer a los talibanes de que no pueden ganar sobre el terreno y obligarlos a negociar, como sugirió Trump. Pero muchos afganos desean que Washington no se limite a ayudar al Ejército afgano, sino que también presione a las autoridades a luchar contra la corrupción y a reforzar las instituciones.

Fuente: AFP

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