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En Colombia se ha generado una gran polémica recientemente con respecto a una decisión de la corte constitucional (sí, con minúsculas) que ha levantado la restricción de consumo de psicotrópicos en sitios públicos – lo que por supuesto hace referencia a tomar trago y fumar marihuana en las calles y parques


Algunos creen que el problema es el mal ejemplo para los niños, otros hablan de la “invitación por imitación” al consumo de estas sustancias, y hay quienes ya hablan de grandes negocios con el microtráfico urbano. Pero estamos olvidando a la verdadera víctima de la mentira: la esquiva moral.

Tenemos que partir de un punto estable: el problema no es el “mal ejemplo” que los consumidores puedan dar a nuestros menores de edad al consumir en los parques – aunque no se descarta, el problema es todo lo que trae en sí el consumo público de psicotrópicos: una vecindad llena de personas descontroladas por los efectos de la abstinencia, de la necesidad de consumir, que SIEMPRE ha derivado en inseguridad a través de todo tipo de modalidades, porque no nos vamos a decir mentiras: usualmente los consumidores no tienen escrúpulos – solo ganas de consumir.

Alegan que si fuera legal no tendríamos estos problemas, no es así. Siempre ha habido y hay, una criminalidad asociada al consumo – independientemente de si estas sustancias se distribuyen y consumen de manera legal o no, porque en los países donde se permite su comercialización (siempre con alguna restricción), también se registran desagradables incidentes por parte de los consumidores, con su sistema nervioso alterado, que ponen en riesgo la integridad de otros – otra de las mentiras de este asunto.

Y sin embargo esto es solo “la punta del iceberg” - particularmente en Colombia, de lo que sucede tras esta mentira moral de lo aceptable socialmente y los caprichos convertidos en derechos. He leído en redes sociales muchas críticas por cuanto se vive una actitud hipócrita al rechazar el consumo en lugares públicos, pero entre tanto en casa los niños (quienes acuden a los parques), son testigos directos y víctimas de actos de violencia y abandono. Aunque esto puede ser cierto, es improbable que una cosa sea peor o mejor que la otra. Lo que me parece hipócrita es que se censure el consumo en lugares públicos, cuando el problema no es dónde, sino qué: el consumo de sustancias psicoativas. Numerosos estudios concluyen que la marihuana SÍ es el camino de entrada a drogas más fuertes, y numerosos estudios dicen lo contrario. Otra cantidad de estudios dicen que la marihuana definitivamente es adictiva – y la misma cantidad de estudios lo niega o atenúa. ¿Quiénmiente? Las leyes TIENEN que basarse en la ciencia para promulgarse, pero así entonces hemos ido perdiendo la razón. ¿Quién dijo que los humanos necesitamos de elementos externos para motivarnos? Sin embargo lo venimos justificando desde los remotos tiempos de la legalización del alcohol (tema de otro artículo), porque fue tan desaforada la respuesta de los adictos, que resultó más fácil que pagaran impuestos, que perseguirlos; perdimos por el vil dinero, como humanidad vendimos nuestra dignidad, y para calmar la culpa legalizamos el error tratando de curar un cáncer con aguapanelita – más mentiras.

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Y hoy estoy hablando solamente de marihuana – mis nietos verán el oprobioso rostro - y actuar, de la humanidad adicta, tal vez sobrevivan si leen estas palabras donde invito a la simple reflexión: “no necesitamos de nada externo para ser mejores”. Y mirarán con nostalgia, rabia, e impotencia por no poder reclamar al pasado, porque hoy estamos enterrando familias enteras cuya miseria empezó con “una probadita” avalada por la ley (y los votos), pasó por pequeños hurtos que con el tiempo se convirtieron en atracos y enormes estafas, se configuró en familias desechas o hechas por el azar, se intentó exorcizar en costosos, larguísimos y estériles tratamientos (el adicto jamás deja de serlo), se personalizó en durísimas e irreconciliables enfermedades crónicas y terminales, y finalmente se definió en “un muerto más” que dejó atrás una estela de miseria – pero que ya “a nadie” le interesa – y no hicimos nada más que mentir y mentirnos.

No importa si es en un parque o en una casa, el problema de la adicción a las sustancias psicoactivas se presenta en cualquier lugar, hora, y familia – tal vez la suya, o la mía. ¿Entonces a quién le conviene que se legalice para hacer negocios, para lucrarse del sufrimiento ajeno? Al adicto no. A la familia tampoco. Al estado mucho menos (por más corrupto que usted grite que sea). A los mentirosos sí - ahí le dejo la inquietud.

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