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Ya se acerca la Semana Santa, y con ella las procesiones por las calles del municipio, la romería de fieles, las celebraciones, y las costumbres que impactan todo el comportamiento: desde el ayuno ¡hasta la parranda! Para nadie es un secreto que en muchas ciudades – y con ocasión de los días festivos, los turistas llegan en masa a acompañar las procesiones. Hace unas décadas sería impensable, en viernes santo, hacer algo distinto a quedarse en casa en silencio. Hoy tenemos festival de teatro, bares abiertos, paseos y celebraciones.


En otros tiempos se quedó la condena pública, hoy los católicos hacen sus celebraciones y se retiran a sus casas en silencio – viven la Pasión de Cristo casi en la clandestinidad, y al interior de sus grupos se condena a “los demás” por su vida licenciosa, la falta de temor a Dios, el desconocimiento del Evangelio y de las costumbres locales. Mientras tanto, en las iglesias protestantes se lanzan arengas contra los adoradores de imágenes, los pecadores ignorantes en las procesiones, e incluso hacen eventos paralelos multitudinarios. Los ateos ven con escepticismo cada parte, comentan su desagrado y procuran mantenerse alejados de tal contaminación – respiran aliviados cuando encuentran actividades que los aíslen del ambiente religioso que se vive en la ciudad.

Ateos y agnósticos finalmente se encuentran en el festival de teatro, aliviados disfrutando del arte y más tarde de unas buenas cervezas en los bares que andan de promoción hasta altas horas de la noche. Por no hablar de los miles de ciudadanos que prefieren salir de vacaciones a lugares lejanos –preferiblemente calientes para escapar un rato al húmedo y frío ambiente de Chicaquicha…

A pesar de los comentarios al interior de cada grupo, parece vivirse un estado de tolerancia donde por lo menos no se atacan públicamente. ¿Es esa la libertad de culto? Cualquiera puede dejar en libertad a un ave enjaulada porque parte del conocimiento de que las aves son libres ¡y vuelan! No sería sensato hablar de libertad para un ave si se le abre la puerta de la jaula dentro de una habitación – ni mucho menos si va a terminar horneada.

En la constitución de 1991 ¡hace veintiocho años! se materializó la libertad de culto en Colombia, aunque ya en la de 1863 se hablaba de pluralidad religiosa, sin embargo el asunto es de dientes para afuera. ¿Cómo puedo aceptar a alguien que no conozco? ¿Cómo puedo tolerar una religión que desconozco? Contadas las excepciones – usualmente encuentro cristianos (tanto protestantes como católicos) que desconocen – por mencionar solo un hecho, que con el Islam comparten los primeros cinco libros de la Biblia. Que el Dogma de María Inmaculada (que a la Iglesia Católica le tomó más de mil años – y puñetazos, concretar) para el Islam es un hecho incontrovertible. ¿Y dónde hay una mezquita en Zipaquirá? ¿O tal vez una Sinagoga, o el templo budista? Es que la tolerancia no puede surgir de la obligación de “aguantarse al otro porque es diferente”, ya que el calificativo “diferente” es
de por sí discriminador.

Vale la pena que sacerdotes, pastores, imanes rabinos y sus respectivos obispos vayan más allá de la instrucción particular de sus fieles porque estamos en el siglo XXI donde las TICs acortan distancias y facilitan la formación. Hay que dejar el miedo por aprender porque otros eran los tiempos de la confusión. Estos son los tiempos de la información. Incluso debe ser una actitud personal: aprender de todos los “diferentes” a mi. Es tan incómodo un ignorante que abraza una creencia “porque mi familia siempre ha sido creyente” que el que rechaza la religión (cualquiera) ¡por la misma razón! Nada más agradable que un creyente – o no creyente, formado, que lo es porque ha estudiado no solo su creencia, sino otras similares o contrarias. Que el internet sirva para algo más que ver series y publicar memes, que sea instrumento de puesta en marcha de nuestra tolerancia religiosa, nuestra convivencia y nuestra cultura. Amaos los unos a los otros.

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