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  • El padre entrena a niños de bajos recursos de este país
  • Todos visten uniformes rojos y blancos del equipo colombiano Santa Fe
  • A esta comunidad le falta agua potable, luz eléctrica y alimento 

El padre Cañón no es entrenador. No sabe de táctica ni de fundamentación deportiva. Su único acercamiento con el fútbol es por Santa Fe, el club del cual es un fervoroso aficionado desde cuando nació en Zipaquirá, hace 34 años. Lo sigue en la distancia; desde lejos sufre sus derrotas y festeja sus triunfos.

Aunque es un futbolero, su vocación es la formación cristiana. Para eso está en Camerún desde que su obispo lo autorizó. Era –dice– su sueño: trabajar como misionero en África.

Ahora está en una parroquia de primera evangelización, con muchas actividades diarias. Da eucaristía todos los días, a las 6 de la mañana entre semana, y a las 7:30 los domingos; visita el hospital de la región, donde es capellán; pasa a diario por la zona de maternidad, donde ve a muchos recién nacidos; ve personas enfermas y comunidades humildes; pasa horas de camino de un lugar a otro y de regreso.

A veces la noche lo sorprende lejos de la parroquia y debe buscar dónde dormir, lo que no es una dificultad. La gente allí es agradecida con él, que es de los pocos blancos –y el único colombiano–. La gente, dice, es muy servicial.

La población con la que trabaja es vulnerable. Pasa necesidades. El padre Cañón cuenta que son personas paganas –que no han sido evangelizadas– y que aún practican la poligamia: cada hombre puede tener hasta cuatro mujeres; los hombres de mayor jerarquía, incluso 10.

Por eso abundan enfermedades, y por eso las familias son numerosas, con abundancia de niños, muchos de los cuales ahora juegan fútbol. Son niños criados por sus madres, que son las que trabajan, porque allí, según el padre Cañón, aún se vive una cultura machista. “El hombre es el que manda”, dice.

El padre tiene mucho trabajo para orientar a esta población. Relata –con aire de satisfacción– que el cristianismo está creciendo y que ya hay seminarios y conventos llenos de jóvenes que se preparan para la vida religiosa. Siente que está cumpliendo. Pero no era suficiente. Quería hacer algo más. Veía un potencial inexplorado.

Un día cualquiera, soleado como casi todos en Camerún, durante su labor misional, contagiado en el fervor por su equipo, Santa Fe, decidió que a través del fútbol podía llevar un poco de alegría a una niñez que, aunque vulnerable, es apasionada por este deporte.

Muchos de esos jóvenes y niños que se inician en la vida cristiana acuden con puntualidad a la eucaristía dominical que antecede el juego. Escuchan atentos, aunque impacientes.

“Luego de ir a la eucaristía –relata el padre– nos reunimos y brindamos un momento de formación cristiana; después, con mi poco conocimiento en el tema deportivo, jugamos al fútbol”.

Algunos han venido caminando de 2 a 3 horas desde sus casas para llegar a la esmirriada canchita, que en realidad son dos, en medio de la selva. Entonces el padre pone a rodar el balón y los niños, de entre 6 y 16 años, corren, algunos descalzos o con zapatos maltrechos, aunque ahora todos con uniformes de Santa Fe.

Fuente: El Tiempo - Pablo Romero

 

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